El síndrome de la chica 10


El síndrome de la chica 10 es una enfermedad que me persigue desde que soy chiquita. Es como un virus que fue creciendo a medida que lo hacía yo también.
Las buenas primeras impresiones son mi especialidad y un síntoma de este mal. Digamos que me caracterizo por hacer las cosas bien de entrada. Soy la imagen de la alumna/trabajadora perfectita que tiene respuestas para todo y un caudal de conocimientos infinito. ¿Se dan cuenta?, dije “caudal” pero podría haber reemplazado esa frase x algo menos formal y rebuscado. Pero así soy yo. Correcta, precisa. Entonces la gente cree que todo me sale bien. Que no hay tarea que no pueda resolver. No podrían estar más alejados de la realidad. Se quedan con la imagen de afuera y pocos pueden ver lo que realmente soy. Lo peor es cuando, a medida que pasa el tiempo se van dando cuenta; su decepción es grande y me es difícil de sobrellevar, por eso evito llegar a ese punto.
No voy a negar que soy inteligente y que me gusta hacer las cosas bien pero para que esto suceda tengo que atravesar un montón de luchas internas conmigo misma para obligarme a no decepcionar a los demás. Es que la confianza es un tesoro que una vez que me dan lo protejo cueste lo que cueste. Los demás confían en que a pesar de mis berrinches y mis inseguridades, cualquier trabajo que me asignen va a estar terminado en tiempo y forma y no solo eso, sino que además va a ser excelente. No soy excelente, ni siquiera soy un 10. Nunca lo fui. A lo sumo un 8 o un 9 pero lejos estoy de la perfección que encierra ese número.
Entonces cuando empiezan a exigirme, a presionarme, me idiotizo y toda esa capacidad de resolución se vuelve nula. Soy un desastre, lo se (aunque parece que ellos no). Soy colgada, dejo todo para último momento y me aburro rápido de las cosas. Es decir, tengo mil y una actitud autodestructiva. Se imaginan que con todo este mambo en mi cabeza, poco espacio queda para la creatividad. Y ahí empieza todo mi típico estado de crisis en donde tengo que hacer un montón de cosas que se espera que haga y que haga bien. Me lleno de quehaceres, de exigencias y de expectativas ajenas que se que no puedo cumplir como me gustaría (porque además soy perfeccionista y autoexigente). Pero las hago propias porque en parte es mi culpa por ser como soy? Por más que no sea exactamente como los demás creen, algo en mi debe ser de esa manera. Así que me enojo, me encapricho, lloro porque no puedo con todo y después de todo eso, termino resolviendo mis obligaciones. Las expectativas se cumplen y uno diría que acá llega la calma y la satisfacción. Pero no, lo que aparece es más una sensación de vacío. Porque a pesar de que las cosas resulten bien, ya se esperaba que eso sea así y se imaginan que salieron bien fácilmente. Como si no hubiera implicado esfuerzo para mi, porque a fin de cuentas soy la chica 10 y todo me sale perfecto. Entonces, después de todo el drama, el cansancio, la desesperación y el trabajo, la recompensa nunca llega. Porque no hay sorpresa, las cosas son como debían ser y porque ya se esperaba que cumpliera. No hay felicitaciones ni halagos. No ven el progreso, sólo el resultado final. Es sumamente frustrante que sean incapaces de comprender que soy una persona que está aprendiendo, que me equivoco, que yo también a veces necesito que me guíen y que me gustaría que se reconozca mi esfuerzo. Y el error vuelve a ser mío, por no poder demostrar que no soy lo que todos esperan que sea. En fin, un círculo vicioso que empieza una y otra vez. Una enfermedad que jamás termina de curarse.

S.


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