Revolviendo sentimientos.

-¿Por qué me alejaste?

-¿Por qué nunca impediste que me fuera?

No se como decírtelo, porque ni siquiera yo estoy muy segura de lo que me pasa. Y tengo miedo, miedo de empezar a hablar y que diga cosas que no estoy preparada para asumir.

No se por qué las cosas salieron tan mal entre nosotros. Teníamos todo para estar bien pero nuestra imaginación nos hacía confundir ficción con realidad. Es que no estoy segura que todo lo que pensaba de vos fuera real y se que hay cosas que pensás que hice que nunca sucedieron. Yo no creía en vos y vos no creías en mi, pero sobre todo, jamás creímos en “nosotros”. Y no es que hayamos estado buscando un nosotros, es más, intuyo que no era un buen momento para ninguno de los dos. Pero ya ves como son estas cosas, aparecen cuando menos te lo esperás (¿Notaste cómo le estoy huyendo a esa palabra que empieza con “A”, no? Es que no creo que sea apropiada para nosotros… ¿o si?). Y ahora estamos así, sin saber que somos o que fuimos.

Hay tantas cosas que me hubiera gustado decirte, pero siempre me callé por miedo a que no encajaran con lo que teníamos. Nunca fuiste claro y yo preferí no preguntar (Quizás yo tampoco tenía en claro lo que quería). Al principio no me molestaba; el no saber era como un condimento interesante. Además eso evitaba generar ilusiones y expectativas, que sabemos que siempre terminan mal. Pero después empezaste a meterte a empujones en mi vida, a estar presente, a ser real. Estabas ahí porque así lo querías; estar en ese lugar y en ese momento conmigo. Eso me encantaba. Porque cuando todo parecía caer en picada, vos hacías que empezáramos de nuevo. Era genial e inesperado. Hasta que un día el juego te aburrió. Primera gran decepción. No se que es peor, si no saber que te pasa o saber que ya no te interesa. “No importa”, me dije, “fue lindo mientras duró”. Y duró aún un poco más, un poco intermitente y repleto de ausencias. Pero a nuestra manera funcionaba, como un buen recuerdo que surge inesperadamente un día cualquiera y nos cambia el humor. Sí, ese extraño poder que tenés sobre mi humor. ¡Ojo! Para bien y para mal, dependiendo de cómo decidieras usarlo. ¿Alguna ves notaste lo que producías en mi?

En fin, cuando pensé que las cosas ya no daban para más, vos volviste recargado. Tus ganas, tus palabras, tus besos, todo se sentía sincero por primera vez. Te creí; por un momento me lo creí.

¿Te acordás esa vez que te dije que cuando ya no puedo controlar lo que siento me alejo? Es lo que intenté hacer desde que volviste así. Porque no quería cederte el poder. No quería sentir. Por eso me enojaba con vos y te evitaba. No podía estar cerca tuyo sin que se notara todo lo que me estaba pasando. Así que hacía en mi cabeza interminables listas con razones y argumentos de por qué jamás funcionaríamos juntos.

Tanto deseé que las cosas frenaran que comenzó a sentirse mal todo a nuestro alrededor. Perdí el sentido de que lo que buscábamos era estar bien, sin preocuparnos en qué éramos o qué pensaban los demás o qué historias pasadas traíamos a cuestas. Me perdí pero lo más triste es que vos jamás saliste a buscarme. Y con esa simple actitud me demostraste que todo lo que creía de vos era cierto. No intenté encontrar otra alternativa. Simplemente tomé tu falta de acción como desinterés y lo usé de excusa para alejarme de una vez por todas.

Pero me dolió y fui ahí que me di cuenta de lo importante que eras para mi. Y no creas que fue fácil olvidarme de la sensación de tus manos en mi cintura o de esa forma en que me mirabas cuando pasaba caminando, incluso extrañaba tu forma de caminar cada vez que te acercabas a besarme. Todo me hablaba de vos, incluso aquellas cosas de las que jamás fuiste parte. Mi imaginación te ponía ahí a mi lado una y otra vez. Pero llegó un momento en que tu ausencia se volvió llevadera otra vez. Donde pude juntar todos nuestros recuerdos y guardarlos en un buen lugar donde ya no me lastimaran. Volví a sentir que había hecho lo correcto y que eso que creí sentir jamás había sucedido.

Por eso me parece injusto que hoy, después de tantos años, estés buscando una respuesta. Lamento decirte que no tengo ninguna o por lo menos ninguna que sirva en este momento. No quiero revolver sentimientos que ya estaban quietos y tranquilos. No me hagas preguntarme de nuevo si hice bien en irme o no, porque ya viví con ese cuestionamiento por mucho tiempo. No me hagas creer que es posible volver a intentarlo, que todo lo que sentimos fue real. No lo hagas a menos que estés dispuesto a retenerme cada vez que sienta miedo y quiera huir. Porque te prometo que va a haber momentos en los que me sienta insegura o asfixiada y quiera alejarme a miles de kilómetros. No se manejar esa palabra que empieza con “A”. Así que por favor, no des otro paso más a menos que aceptes que conmigo las cosas jamás serán fáciles.

En ese momento sentí como si el mundo se detuviera. Fue una fracción de segundo pero para mí fue una eternidad. No dijo nada, simplemente me miró de esa forma especial que siempre tenía para mi y me besó. Era la única respuesta que necesitaba. No volvería a huir esta vez. 

S.

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