Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos – J. C.

“Mirarlo a los ojos y saber que esta historia iba a ser complicada; pero segura de que valdría la pena todo lo que les tocara vivir.”

Ella iba con expectativas de poder hacer un cambio en su vida. Un nuevo trabajo, un nuevo desafío, algo que la lleve a crecer profesionalmente y la libere de compromisos y opiniones familiares. La carga de llevar el estigma de la hija mejor. ¿Cómo abandonar el nido cuando aún en la mente de todos seguía siendo la “chiquita” de la familia? Había que empezar a hacerles notar que las decisiones a partir de ahora serían de ella. Y el mejor comienzo para independizarse es conseguir un buen trabajo.

Esa mañana se arregló, memorizó una y otra vez lo que tenía que decir y emprendió el viaje lejos del hogar.  Durante todo el trayecto imaginaba las cosas que podría hacer a partir de ahora con su sueldo, sus responsabilidades, su nueva vida. Todo empezaba a planearse en minutos en su cabeza. Los próximos 10 años prácticamente ya estaban programados mentalmente cuando se abrió la puerta del edificio y apareció él. Ojos brillantes, pelo rubio y toda la pinta de galán de telenovela. ¿Cómo no quedarse sin habla? Y por supuesto, cuando ella pudo emitir sonido todo lo que había practicado decir se fue al tacho. Empezó diciendo mal el apellido del dueño de la empresa y él con aire arrogante se lo hizo notar y la corrigió. El aura de cuento de hadas se acababa de romper. ¿Quién se creía que era para corregirla? En fin, como toda buena historia de amor, el paso del amor al odio y viceversa se iba a dar en más de una ocasión.

Lo de galán no era solo la pinta. Él tenía todas las características típicas de príncipe azul mezclado con mujeriego. Su arrogancia, su forma de hablar, su sonrisa encantadora. Ella difícilmente podía concentrarse con él entrando y saliendo de la sala de espera. Parecía tener un encanto especial al caminar que lo hacía hipnótico. Y él lo sabía.

Primer objetivo logrado, había pasado la entrevista con éxito y el primer día de trabajo había llegado. No crean que la super producción de maquillaje y vestuario de ese día eran sólo para causar una buena impresión. En su mente, había cierto rubio rizado que había empezado a hacer casita en su cabeza.  Y como a la vida le gusta jugar un poco, para poner las cosas interesantes, el portero del día anterior había resultado ser nada más ni nada menos que el hijo del dueño.

Mundo de hombres y los hijos del dueño como compañeros de trabajo. O te volvés el objeto de deseo de la oficina o podés terminar en el lugar común de mamá de todos en donde no sólo es casi una obligación cocinar algo (si es rico y frecuente mejor) sino que tenés que responder preguntas tales como “¿No vieron dónde dejé mi lapicera? ¿Y el archivo que tenía en la mano?” Si, vos lo mirás con cara de lástima y le alcanzás el archivo que está frente a sus ojos en el escritorio. ¡Hombres!

Como buena repostera amateur, las tortas de cumpleaños pasaron a ser su especialidad (y su obligación). Y cada vez que llevaba algo dulce para compartir, todos terminaban en su escritorio en busca de comida. El “todos” lo incluía a él. Él que últimamente hacía intentos fallidos por entablar conversación o alcanzarla a cualquier lugar con el auto. Sí, tenía auto, un punto más para piratear. Porque claramente ya le habían llegado algunos rumores de sus conquistas. Y una sensación de celos la invadió. Por lo cual estaba determinada a hacerle las cosas un poquito difíciles, para que entienda que ella no sería una más.

El tiempo pasaba y la oportunidad por fin llegó cuando un paro de trenes impedía el regreso de ella a su casa. Como buen príncipe entrenado, llegó al rescate de su doncella. Y el viaje de casi una hora sirvió para la primera conversación sincera y distendida. Las piezas al fin se movieron; el juego había empezado.

Como todo buen comienzo, los primeros días fueron de sonrisas y miradas furtivas. De llamadas y charlas cursis. De citas románticas y besos eternos. Todo parecía bien encaminado, como un cuento perfecto. Hasta que la tentación y la libertad hicieron de las suyas y él torció el camino.

La primera decepción. ¿Dónde habían quedado todas las cosas tiernas que él decía? ¿Cómo en un segundo podían pasar del cielo al infierno? Y verlo todos los días en la oficina no ayudaba para nada.

De cosas peores había salido, así que ella decidió ponerse una coraza y seguir adelante. Y lo pudo hacer por casi… ¿tres horas? Había algo en él, en su historia, en lo que habían compartido que le impedía rendirse tan fácilmente. Y recordó lo que había sentido la primera vez que lo vió, “No sería una historia fácil, pero valdría la pena luchar cada batalla”.

Dicen que en momentos de tristezas y problemas se ven los verdaderos amigos. Y cuando esos amigos están dispuestos a escucharte y aconsejarte uno siente que se vuelve invencible.  Cuando le flaqueaban las fuerzas, ella sabía que tenía gente a su lado que la sacaría adelante y la alentaría para continuar. El problema era saber si había algo por lo que seguir. ¿Él algún día sentiría lo mismo que ella, con esa intensidad, con esa seguridad? No lo sabía, pero había decidido pelearla hasta el final.

“Cuando realmente quieres algo, todo el universo conspira para que lo consigas” perfectas palabras de Paulo Coelho para esta situación.

Después de un encuentro algo extraño en la cena familiar de cumpleaños de ella, en dónde él sorpresivamente se presentó, con las ideas un poco confusas pero con la intención sincera de estar ahí, las cosas empezaron a encaminarse de nuevo.  Un mes después, con motivo del cumpleaños de él, ella sabía que era ahora o nunca. La última gran jugada con la que podía alzarse vencedora o terminar el juego con grandes heridas.  Es que dar todo implica el riesgo de salir lastimado. Implica dejar caer las barreras, mostrarse vulnerable y entregar el poder. ¿Y todo para qué? Para alcanzar el amor, el verdadero, el que te ayuda a enfrentar cualquier situación y que es para toda la vida.

“Para toda la vida”, esa era su promesa hacia él. Todo el amor que pudiera llegar a sentir para hacer, del camino juntos, al hermoso.  Una clase de amor que podría superar todos los obstáculos, que los obligara a levantarse cada vez que cayeran. La posibilidad de construir juntos la vida que querían vivir.

Y aunque la respuesta tardó un poco en llegar, fue la que ella tanto había estado esperando.  El juego había terminado y ahora comenzaba el cuento de hadas.

Todo lo que habían pasado había valido la pena, y todo lo que pasaran lo valdría aún más. Habían conseguido, por fin, su propio “y vivieron felices por siempre”.

(Adaptación de una historia real)

 

S.

 

 

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