Fuera de foco

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Me dijeron que la vida en cierto punto se hace predecible, que una vez que alcanzás cierta edad ya las decisiones son más fáciles de tomar, que cuando tuviera la suficiente experiencia ya podría quedarme en un sitio quieta y la vida empezaría a pasar tranquila frente a mis ojos.

Nunca fui de esas personas que sueñan con una vida tranquila, una rutina amena, un futuro de cuento. Desde que tengo uso de razón me gustaron los desafíos, siempre vi más allá de lo que estaba permitido. Es que para mi la vida era un sin fin de emociones dictadas por mis sueños. Mi imaginación creaba mundos de fantasía que me parecían mucho más reales que en el que vivía.

Pero un día, la vocesita seria que habitaba en mi cabeza comenzó a callar a mi verdadera voz. Las palabras ajenas se volvieron importantes porque debían ser escuchadas y obedecidas. Los sueños infantiles se volvieron una bruma débil que me acompañaba cada vez menos en mis noches de desvelos. El mundo se fue pintando de a poco de gris y mis colores se fueron apagando.

Mis manos dejaron de escribir. El papel se volvió un territorio extraño que me atemorizaba transitar. Había tareas por cumplir en cada centímetro de mi cuerpo, en cada baldosa que pisaban mis pies. Perdí mi voz, mis ganas, mis fantasías. Empecé a cumplir órdenes con los ojos cerrados. El mundo era un lugar ajeno que no quería percibir.

Hasta que un día cualquiera, quise sentir el latido de mi corazón y sólo escuché el silencio. Un silencio ensordecedor que reflejaba la falta de vida que había en mis últimos meses. Un silencio que se volvió una luz cegadora, que quería meter, en la pequeña ventana de mi mente que acaba de abrir, un sin fin de razonas por las que valía la pena abrir los ojos de nuevo.

Me quedé sin aliento, como si hubiera corrido una gran maratón. Sentí el cosquilleo recorriendo mis dedos cuando se encontraron con las palabras. Había tantas cosas que había callado, que ahora querían salir todas juntas al mismo tiempo. Me sentía en un espiral que giraba a toda velocidad, tan rápido que detenía el tiempo.

Y acá estoy otra vez, con el corazón tan lleno de sentimientos dormidos que me es imposible continuar muda. Acá estoy otra vez tratando de hacer foco en la imagen que quiero ser, ver, crear y que había dejado olvidada en un cajón. Hoy estoy con muchas preguntas y pocas respuestas. Estoy cerrando una etapa y a punto de comenzar otra que me llena de incertidumbre. Pero estoy, sigo estando, sigo siendo yo y es algo que no quiero perder. No quiero perderme otra vez.

Y mientras termino de escribir, una sensación de alivio recorre mi cuerpo. Una sonrisa verdadera se asoma al ritmo que el sol se despierta en mi ventana. El papel en blanco ya no es un enemigo invisible, es un aliado salvador.

S.

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