El ancla

Que nadie calle tu verdad, 
que nadie te ahogue el corazón,
que nadie te haga más llorar
hundiendote en silencio.
Que nadie te obligue a morir
cortando tu alas al volar
que vuelvan tus ganas de vivir…

Oí el sonido de la cadena al romperse, y me dí cuenta que lo estaba esperando, y no sólo eso, sino que lo estaba deseando.

Por unos segundos me seguí hundiendo, me había acostumbrado a esa oscuridad, a esa tensión negativa que me arrastraba hasta lo más profundo del abismo. La rutina puede hacer estragos en tu mente; te ciega y borra la diferencia entre vivir y sobrevivir; te acostumbra a ser sumiso ante la corriente; te ahoga las palabras. Yo había perdido mi independencia en una batalla que no me pertenecía; había sido peón de sacrificio en una partida ajena. Pero el final de una era había llegado.

En cuanto ví que la luz comenzaba a filtrarse en pequeños rayos a mi alrededor, tuve la certeza de que era momento de actuar. Nadé con todas mis fuerzas hacia la superficie. Y respiré, dejé que el aire entrara en mis pulmones, dejé que el frío me golpeara y me despertara a la realidad. Y lloré, solté al mar toda la angustia que me asfixiaba, me solté de las ataduras que me habían mantenido en una dictadura.

Estaba aturdida, asustada, no sabía qué hacer con esa nueva libertad que ahora me rodeaba. Las olas me llevaban de un lado para el otro, y yo me balanceaba a su antojo, por miedo que al quedarme quieta me hundiera de nuevo. Había atravesado mil infiernos y las heridas revivían en mí cuerpo con cada roce de sal. Una y otra vez, por dentro y por fuera, el dolor era un recordatorio de esa historia que se volvió pesadilla, de que la suerte a veces puede ser muy cruel. Porque hay cosas que podemos elegir, pero a veces la vida nos coloca en caminos adversos para ponernos a prueba, o para abrirnos los ojos. Yo sabía que había una lección escondida detrás de tanta injusticia, pero era incapaz de razonarlo en ese momento.

Y me invadió la rabia; la necesitaba para salir de la resignación, la necesitaba para patalear y hacerle frente a cualquier enemigo que se me pusiera enfrente, incluso aquellos a los que en el pasado me había aferrado. Así que dejé de moverme al compás de las olas y empecé a crear mi propio camino. Una valentía que hasta el momento había estado dormida, ahora era la fuerza que le daba sentido a mis movimientos. Un nuevo camino amanecía, un camino que los débiles habían temido que recorriera. De una brazada a la vez, sola, de una brazada a la vez, sin mirar atrás.

Hasta que llegó el cansancio, y vislumbré la cadena, y toqué el ancla, y una sensación de familiaridad se hizo presente. Mis músculos agotados querían sucumbir al conocido cautiverio. Volver a la ignorancia del pasado a veces suele ser tan tentador. Y la cadena sigilosamente se enredó en mi piel, y el ancla volvió a sacar su instinto de arrastrar hacia abajo todo lo que encuentra a su paso. Mis viejas heridas gritaron, aún no habían cicatrizado y eran incapaces de soportar un nuevo ataque. Y el grito me llegó al alma, porque estaba empapado de una confianza traicionada, de promesas rotas, de rencor acumulado.

Así que con las últimas fuerzas que me quedaban nadé lo más rápido que puede y me alejé del peligro. Nadé aunque no tenía un rumbo definido, porque lo único que sabía era a dónde no quería volver. El mar se embrabecía y el cielo se apagaba. La tormenta recién estaba empezando. Mi mente se ahogaba en preguntas sin resolver. El agua salada sabía a verdad que me costaba aceptar; llegaba en olas gigantescas dispuestas a derrotarme. Aún así nadé sin detenerme. Nadé por mí, y por todos los días que sabía que necesitaría después para entender esa lección. La esperanza de que algún día llegara el entendimiento era lo único que me quedaba.

S.

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