Esa clase de persona

Parecía un día cualquiera. El sol salió puntual, la gente iba apurada en todas direcciones, el tren estaba demorado como siempre. Tenía mis auriculares puestos y mis pensamientos iban al ritmo de canciones de autores desconocidos, que empezaban a convertirse en mis nuevos cantantes preferidos.

Pero algo en el aire otoñal de la mañana hizo que el corazón se me acelerara. Fue como una premonición. Como si en ese andén grisáceo y olvidado, de pronto todo empezara a tomar otro color y fuera el escenario perfecto para un momento épico. La música se detuvo por un segundo, sólo para dar aviso de que un mensaje había llegado. Al ver en la pantalla el destinatario, mi corazón se aceleró aún más.

¿Viste cuando pasa mucho mucho tiempo, tanto que creías que esa persona especial ya no sería nunca más parte de tu vida? Bueno, Tomás era de esas personas para mí. Habíamos compartido muchos momentos juntos, éramos compañeros en la clase de francés que tomé por algunos meses en una academia antigua pero pintoresca, hace un año atrás. Después de terminar el semestre prometimos seguir en contacto, pero su alma libre y viajera era difícil de localizar, así que con el tiempo no supe nada más de él.

Nuestra relación era inetiquetable (¿acaso existe tal cosa?). Éramos amigos, compañeros, nos enseñábamos cosas sobre literatura, cine y la vida en general. Él siempre decía que todo el mundo es alumno de alguien y maestro de alguien, que todos tenemos esa capacidad de aprender algo nuevo y compartir nuestros conocimientos con otros. Su inteligencia era tan inspiradora como su voluntad. Era de esas personas que no importa cuánto tiempo se quedan es tu vida, su huella se vuelve imborrable.

Nada romántico había sucedido entre nosotros. Quizás hubo algunas caminatas tomados de las manos por las calles de la ciudad, alguna mirada demasiado larga y demasiado profunda entre nosotros, alguna caricia al pasar. Pero realmente, a pesar de que éramos dos seres creadores de historias y de que nos alimentáramos diariamente de palabras, éstas nunca nos sirvieron para definirnos. Había un nosotros no pronunciado que frágilmente se evaporaba en el aire, temeroso de volverse real.

Por eso la llegada de su mensaje me había desconcertado. Habían transcurrido muchos meses de silencio y seguramente varios kilómetros de distancia. ¿Qué podría haberlo hecho recordarme? ¿Qué intención habría detrás de esas palabras luminosas y asépticas que ahora estaban registradas en mi celular? No me animaba a leer el mensaje. Un poco por deleite y otro poco por miedo; quería estirar lo más que podía ese momento de ignorancia y expectación. La imaginación siempre va un paso adelante de la razón, y pocas veces la realidad las hace feliz a ambas.

No sé cuántos minutos pasaron. Aún el tren no llegaba, y para mí era una metáfora de mis propios sentimientos, esos que gritaban que aún no estaba lista para conocer el contenido de los pensamientos de Tomás. En mi mente repasaba nuestros momentos juntos, el libro que me había regalado, las horas de estudio previas a un examen, las salidas al cine. Todos eran pequeños tesoros que habían estado olvidados y empolvados por muchos meses, y ahora querían despabilarse y mostrarse todos al mismo tiempo.

Cuando escuché el sonido del tren que se acercaba hacia la estación, supe que el momento estaba llegando. Como siempre creí que la música era una parte indivisible de mi misma, busqué en mi reproductor una canción que sirviera de marco perfecto para esa situación. Ninguna parecía lo suficientemente buena, única, especial. Descarté varias hasta que por fin, y casi cuando el tren estaba deteniéndose frente a mí, encontré una canción que no conocía pero que algo, quizás el instinto, me hizo elegirla.

Elegí un asiento apartado del vagón y observé el exterior que pasaba veloz ante mis ojos. Respiré profundo para que mis pulmones se llenaran de aire y mi corazón se tranquilizara. Cuando abrí el mensaje lo primero que ví fue una foto. No había nadie en ella, pero se podía ver el reflejo brillante del sol sobre una mesa de un bar, una taza de té y un libro gastado y amarillento. La imagen la completaba una arboleda mágica y pastel de París, lugar que se confirmaba con la diminuta figura de la Torre Eiffel que se asomaba en el fondo. Había una sola oración que acompañaba tan precioso espectáculo, “Un buen libro, una taza de té negro en tu honor, y París iluminado por el sol; iluminado por vos Sol.”

Hay personas que llegan y se van de nuestra vida, que no importa el tiempo que pase, siempre vamos a recordarlas. Yo nunca me consideré una de esas personas, nunca creí que podría causar tanto efecto en alguien como para que, después de meses de ausencia y kilómetros de distancia, pudieran aún recordarme. Por primera vez pensé en Tomás sin un ápice de tristeza o de asunto pendiente. Lo pensé como un eterno punto seguido que podría retomar en cualquier momento de mi vida, sólo por sonreír y por hacerlo sonreír. Porque él es de esas personas, y yo también.

S.

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