Capítulo 9 – La razón

Había una razón para los muros, para mantener la distancia, para no sentir. Y esa razón se llamaba Yamila.

En los últimos meses había logrado olvidarme de lo que pasó. Había logrado armar mi fuerte contra el mundo exterior y había vivido tranquila. Nada me lastimaba, nadie llegaba a ser demasiado importante. Pero Arthur y Matt habían atravesado mis barreras y su presencia en mi vida había removido viejas heridas.Y ahora me encontraba de nuevo en mi habitación, llorando con una angustia que arrasaba con cada partícula de mi ser, naufragando entre viejos y nuevos dolores.

Yamila había sido la mejor amiga que había tenido. Era de esas personas con coraje, sin miedo a decir lo que pensaba, y con un mal humor recurrente que solo yo podía entender.

Nuestra amistad comenzó en 4° grado de primaria, cuando la conciencia sobre qué clase de persona querés ser empieza a aparecer. Yo veía que muchas nenas de mi edad no eran tan buenas como yo creía. Y una de las características más destacadas de mi personalidad, de esas que luego se afianzan con los años, ya se hacía notar: la imposibilidad de seguir a un líder en el que no creía. Así que en mi cortos años, ya sabía cuándo alejarme de la multitud. En ese momento apareció Yamila, con su actitud anarquista y rebelde, pero con una sinceridad tan profunda que yo no conocía hasta ese entonces.

Siempre creí que ella jugó un papel fundamental en mi crecimiento, y la definición de la persona quién quería ser. No sólo era mi mejor amiga, sino que veía el mundo de una forma tan distinta a la mía, que para mantener nuestra amistad, debíamos encontrar maneras de entender y aceptar nuestras opiniones. Teníamos que llegar a acuerdos y crear una tierra neutral donde pudiéramos convivir. Gracias a ella desarrollé grandes habilidades argumentativas y de negociación. Pero sobre todo aprendí a ser mejor persona.

Las diferencias entre nosotras eran infinitas, pero compartíamos los mismos valores y un cariño sincero. Para mí, hasta por lo menos su llegada, las amistades que había tenido estaban teñidas con pequeños destellos de envidia, de engaño, de superioridad. Y estaba segura que no era así como debían ser. Quería a mis amigas, pero sabía que nuestra relación no era como la de las películas. No estaba segura de que fueran incondicionales; y siempre tenía esa sensación de que era yo la que daba más, todo el tiempo, hasta quedarme con las manos vacías.

Con Yamila esto no sucedía. Como el yin y el yan, vivíamos en total equilibrio. Ninguna se sentía superior a los demás, y sólo había orgullo cuando la otra destacaba en algo. No peleábamos, debatíamos. Nos exprimíamos el cerebro para presentar nuestro punto de vista sobre algo, y al final terminábamos muertas de risa por todas las incoherencias que se nos habían ocurrido.

Yamila era flaca y alta, todo lo contrario a mí que era petiza y más parecida a una pelota que a un palo de escoba. Ella era un huracán y yo era un mar en calma. Era la persona más inteligente que había conocido, por más que sus notas en el colegio muchas veces no lo reflejaran. Sabía un montón de cosas, la clase de cosas importantes que no se enseñan en la clase de matemáticas. Desde que era chiquita había leído un montón de libros, y los tenía a todos anotados en una lista que llevaba siempre con ella. A mí me gustaba escucharla hablar sobre sus lecturas, tenía una devoción en los ojos cuando lo hacía que era contagiosa. Mi pasión por los libros empezó gracias a ella, y también mi amor por mi escritura.

Desde chiquita escribía cosas, pero la escasez de autoestima me había llevado a ocultar esta actividad de todos. Yamila fue la primera en leer algo que había escrito, y durante los años siguientes fue mi editora y mi fan número uno. A cambio, yo era su profesora de matemáticas, geografía, biología o cualquiera de las materias que estuviera a punto de reprobar. Eramos un equipo de lujo.

A los 12 años sentía por fin que tenía mi lugar en el colegio. Tenía la mejor amiga del mundo, había reafirmado ciertas amistades y había logrado eliminar las que eran tóxicas, era la mejor alumna de mi clase y mi lista personal de libros leídos crecía a la par de las cosas que escribía. Incluso me había dado cuenta de que uno de mis compañeros que siempre me había parecido un idiota, ahora me parecía más lindo de lo que me animaba a admitir. Me sentía la persona más afortunada del mundo. No sabía que esa sensación de felicidad duraría tan poco.

Al año siguiente, cuando empezamos el secundario, las cosas se complicaron un poco. Las notas de Yamila iban de mal en peor, lo que le había traído problemas con su mamá. No tenían la mejor relación, y sus papás estaban separados. La convivencia había sido tolerable hasta ese momento, pero la adolescencia estaba teniendo cada vez más presencia, y las peleas entre ellas iban en aumento. Yamila amaba a su mamá, pero las dos tenían un carácter fuerte que las hacía chocar hasta por la más mínima diferencia. La única razón por la cual mi amiga no se iba a vivir con su papá, era porque él vivía en un pueblo en el interior de la provincia, que estaba a cientos de kilómetros de su vida, de su colegio, de sus amigos, de absolutamente todo.

Yamila estaba cada vez más estresada y triste. Su mal humor contra el mundo llegaba incluso hasta mí algunas veces. No peleábamos, pero había momentos en que se encerraba tanto en su oscuridad que me era imposible rescatarla.

Y un día llegó la noticia. Después de una pelea épica con su mamá, la decisión fue tomada. El futuro de mi mejor amiga transcurriría a cientos de kilómetros de distancia, y no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Su elección me llegó como un golpe seco en el estómago que me dejó sin aire. Nunca antes me había sentido tan perdida, y el miedo a la pérdida y a su ausencia se manifestó a gritos. Si siempre había sido la persona más racional del planeta, en ese momento no podía haber persona más opuesta. Sentía el dolor y la rabia apoderándose de cada una de mis palabras, y transformándolas en dagas que iban dirigidas a una de las personas que más quería. Su partida era como una traición, un abandono, una catástrofe.

¿Cómo sería mi vida sin ella? ¿Cómo podría seguir siendo yo, si mejor amiga ya no sería parte de mis días? ¿Cómo lograría seguir adelante si la única persona que creía en mí estaría tan lejos? Nuestra amistad había trazado caminos tan concretos, que ante la posibilidad de perderla sentía como si hubieran quitado de repente el suelo bajo mis pies. Mi mundo se desmoronaba y yo no era capaz de hacer absolutamente nada, sólo hundirme con él.

Los trámites del traslado no demoraron demasiado. Aprendí que cuando los adultos quieren sacarse un problema de encima, pueden hacer las cosas con rapidez.Era chica y aún no tenía en claro qué significaba la palabra “consecuencias”. Así que mi enojo y mi silencio dominaron los últimos días que compartiría con ella.

Aún recuerdo el último día que vi a Yamila, paradas a dos metros de distancia mientras todos nuestros compañeros, esos que rara vez le habían hablado, le repetían una y otra vez cuánto la iban a extrañar. Sentía que me estaban robando las palabras, que una vez que ellos las pronunciaban yo era incapaz de usarlas. Entonces ahí estaba, completamente muda y con la lista de libros de Yamila, que me había dejado en la mochila sin que yo me hubiera dado cuenta, aferrada en la mano. Y cuando no pude resistir más ver esa escena que encerraba tanta distancia, me dí media vuelta y me fui sin despedirme, con una tonelada de palabras atravesada en la garganta. Durante todo el camino a casa me imaginé una y otra vez cómo me hubiera gustado que sea esa última conversación. Agregaba y sacaba frases para obtener el discurso perfecto que nos salvara de ese naufragio.

Esa conversación jamás llegó. Días más tarde me enteré de que Yamila había tenido un accidente. Y yo aprendí de golpe lo mucho que pesan las consecuencias de nuestras decisiones, y lo mucho que pueden llegar a doler. El dolor fue tan grande que durante días me sentí la persona más desagradable del mundo. Sentía que le había fallado a la única persona que jamás me había fallado a mí.

Con el tiempo las cosas se fueron acomodando, eso es lo malo de la vida, no importa que tan grande sea una tragedia, el mundo continúa girando igual. De a poco logré ponerme en pie y volver a la rutina. Pero la cicatriz estaba lejos de curarse, así que hice lo único que podía para salir adelante, cubrirme de muros y corazas para que no doliera tanto, y para que nada ni nadie volviera a causar un sufrimiento semejante.

No había vuelto a derrumbarme así desde aquel episodio. Principalmente porque creía que nada merecía la pena ponerse en semejante estado, pero también porque me había vuelto tan inmune al mundo que ya ningún sentimiento, bueno o malo, lograba atravesarme el corazón.

Pero ahí estaba de nuevo, acurrucada entre mis almohadas y llorando como si el mundo fuera a acabarse en un segundo. Me sentía débil e idiota. Y me torturaba pensar que estaba así por un chico (o por dos). ¿Cómo podía volver a llorar así por algo tan superficial? Sin embargo, la puerta había sido abierta y ahora todas las lágrimas que habían quedado atrapadas por tanto tiempo, corrían libres sin intención de detenerse. Sólo el ruido del celular interrumpía intermitentemente mis sollozos. Al parecer, Arthur y Matt se batían en una batalla invisible por comunicarse conmigo, pero hablar con ellos era lo último que quería hacer.

S.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s