Moments – Tove Lo

“Moments”
I grew up with a lot of green
Nice things round me
I was safe, I was fine

I grew up with a lot of dreams
Plans who to be
None of them none were mine

I love freaks, I don’t care if you’re a wild one
I love freaks, I don’t care if you’re a wild one
And me

I
I’m not the prettiest you’ve ever seen
But I have my moments, I have my moments
Not the flawless one, I’ve never been
But I have my moments, I have my moments
I can get a little drunk, I get into all the don’ts
But on good days I am charming as fuck
I can get a little drunk, I get into all the don’ts
But on good days I am charming as fuck

I can’t be the perfect one
But I’ll make you come
And I’m locked in your mind

You can say I don’t belong
That I’m so wrong
I can tell, tell you lie

I love freaks, I don’t care if you’re a wild one
I love freaks, I don’t care if you’re a wild one
And

I
I’m not the prettiest you’ve ever seen
But I have my moments, I have my moments
Not the flawless one, I’ve never been
But I have my moments, I have my moments
I can get a little drunk, I get into all the don’ts
But on good days I am charming as fuck
I can get a little drunk, I get into all the don’ts
But on good days I am charming as fuck

Rough around the edges, memories and baggage
You know me
Never play the safe card, when I go I go hard
Now you know

I
I’m not the prettiest you’ve ever seen
But I have my moments, I have my moments
Not the flawless one, I’ve never been
But I have my moments, I have my moments
I can get a little drunk, I get into all the don’ts
But on good days I am charming as fuck
I can get a little drunk, I get into all the don’ts
But on good days I am charming as fuck

.

.
Mi himno rait nau (right now).

S.

Capítulo 10 – No soy una princesa

Despues de llorar tanto como para llenar un río, y de ver cuanta película melodramática pasaran por la tele, decidí que era hora de salir de mi patetíco estado y volver al mundo.

Durante los últimos dos días había estado encerrada en mi habitación, buscandole un sentido a lo que había pasado, y reagrupando mis fuerzas para volver a ser la misma de siempre. Había conseguido convencer a mi mamá de faltar al colegio, había dejado morir la batería de mi celular para no tener contacto con el mundo exterior y había pasado el suficiente tiempo en silencio para reacomodar mis ideas. Pero lamentablemente mi exilio autoimpuesto llegaba a su fin, y yo aún estaba lejos de estar preparada para volver al colegio y ver a todos de nuevo,

El jueves, parada frente a la puerta del colegio, intentaba darme ánimos para entrar. Pero mis pies parecían no querer responder a mis débiles intenciones de avanzar. Por suerte para mí, Vicky llegó al rescate,  y sin decir una sóla palabra, me agarró de la mano y juntas fuimos hasta el aula.

Por más que estaba segura de que pocos conocían mi historia con Arthur, y lo que había pasado con el grupito del sí fácil, sentía miles de miradas a mi alrededor buscando conocer un poquito más de verdad, queriendo ser los primeros en agrandar con algún detalle jugoso el rumor invisible que me rodeaba. Incluso Vicky, a pesar de su respetuoso silencio, tenía una mirada inquisidora que seguía cada uno de mis movimientos.

Lo que nadie sabía era que yo jamás representaría el papel de víctima, de doncella en apuros, de princesa con el corazón roto. Si había algo más alto que mis muros, eso era mi orgullo. Mostrar cualquier emoción para mí era señal de debilidad. Y ser débil te hacía vulnerable y propensa a cometer errores. Yo no quería cometer errores.

Así que cuando no aguanté más que Vicky me tratara como una figura de cristal a punto de romperse, le dije en un susurro cargado de advertencia:

-Si me seguís mirando con cara de lástima, te juro que de acá a la eternidad dejo de ayudarte en las pruebas de matemática. Y lo digo en serio.

Continuó indiferente a mi brusco comentario.

-¿Estás bien?

-Confié demasiado rápido en la persona equivocada. Aprendí la lección. Para mí, es asunto terminado.

Lo dije tratando de convencerla y de convencerme, pero aún así no podía mirarla.

-¿Qué vas a hacer con Arthur? Digo, en algún momento va a venir a buscarte.

Una mínima parte de mí aún lo esperaba, aún tenía la esperanza de que todo haya sido un error y Arthur viniera a aclararlo todo. Pero sabía que no era así. Por lo cual, apagué la esperanza que quedaba.

-No creo que venga a buscarme. Él y yo no éramos nada, así que no hay nada que explicar.

-Estos días que faltaste no dejó de preguntar por vos…

Vicky hablaba con cuidado, con miedo de decir demasiado o demasiado poco.

-Obvio que yo no dije nada. Soy tu amiga y estoy de tu lado.

-Ya te lo dije, no hay nada que hablar.

Se acomodó nerviosa en su asiento y dió por terminada la conversación. Yo sabía que mi respuesta no la conformaba, pero era lo único que podía darle en ese momento.

Conseguí escaparme  a mi escondite en el techo  sin ser vista y pasé el primer recreo ahí. Pero no tuve la misma suerte en el segundo.  A penas tocó el timbre, salí y vi que había alguien esperándome en la puerta del aula. Al verlo, todas mis defensas se levantaron y mi cuerpo se puso en estado de alerta. Tenía que decidir si salir corriendo o enfrentarlo.

Había ensayado esa conversación que estaba a punto de tener, un millón de veces en mi cabeza durante los últimos días. Sabía qué tenía que decir, cómo tenía que actuar y cómo hacer que ninguna emoción me dominara y me sacara de ese guión.

-Hola S.

Su voz era temblorosa y a penas podía sostenerme la mirada. Los signos de la culpa opacaban su cara.

-Hola Arthur.

Dije inexpresivamente mientras lo miraba fijo, en silencio.

Los segundos pasaban lentos. Pesaban en el aire que nos envolvía.

El silencio puede ser muy incómodo para las personas. No saben qué hacer con él, necesitan llenarlo desesperadamente, y ante esa necesidad impulsiva desaparecen todos los filtros y la verdad brota desaforada. Yo había pasado suficiente tiempo en silencio y había aprendido a valorar su poder. Ahora manejaba su arte casi a la perfección.

-Quiero explicarte lo que pasó el otro día…

Se cayó unos segundos, dándome la oportunidad de decir algo que lo ayudara a descifrar cómo estaba, de hacerle el camino más fácil. Pero yo ya había decidido mi estrategia, y no iba a darle ninguna pista sobre cómo me había afectado lo que había hecho.

-No sé a qué te referís.

Arthur abrió muy grande los ojos, incrédulo, y sin comprender mi actitud.

-Hablo de lo que pasó el otro día en la casa de Jazmín… Yo no quería… Es decir, sería idiota decirte que me obligaron o algo así… Pero, ¿Viste cuando no querés hacer algo pero lo hacés igual y no sabés por qué?… Estaban los chicos y todos querían que lo haga… Yo tendría que haber dicho que no… Vos tampoco me dejás muy en claro lo que te pasa conmigo… Y yo no sé… Se que estuve mal…

-Está todo bien.

Lo corté de golpe. No quería escuchar nada más. Con todas mis fuerzas simulé una sonrisa.

-¿Está todo bien? ¿De verdad?

Su sorpresa era indisimulable, y un aire de alivio comenzaba a dibujarle una sonrisa.

En esos días que había estado encerrada en mi habitación pensando, había decidido que no iba a enojarme. O mejor dicho, no iba a demostrar mi enojo. Porque si lo hacía, eso significaría que me importaba Arthur, que algo sentía por él. En cambio, si me mostraba indiferente y cortaba de raíz cualquier ilusión de estar juntos, todo se olvidaría en el transcurso de unos días. Yo podría volver a mi mundo tranquilo y seguro, y el podría jugar al rompe corazones con quien quisiera, menos conmigo.

Me acerqué despacio y lo abracé tan sólo un segundo mientras le decía al oído:

-Está todo bien. Te deseo lo mejor con Jazmín.

Tan sólo un segundo me bastó para darme cuenta lo mucho que me costaba decirle adiós a Arthur. Había subestimado lo que sentía por él. No iba a ser tan fácil olvidarme de lo bueno y de lo malo. Tenía una mezcla de tristeza y bronca dentro mío, pero nada de eso salió a la superficie. Incluso cuando me alejé de él, inmóvil y desconcertado, y caminé en dirección contraria por el pasillo con unas ganas terribles de volver y abrazarlo otra vez. El plan había salido a la perfección y sin embargo tenía una sensación horrible de angustia en el pecho.

Arthur había sido la prueba más difícil de superar, lo sabía. Si podía fingir que estaba todo bien frente a él, con los demás sería mucho más sencillo. Al terminar las clases, nos encontramos con los chicos a la salida y pude jugar mi papel de nuevo. Hubo risas, chistes, historias; todo había vuelto a la normalidad. Yo me esforzaba por que no hubiera ningún momento de incomodidad, y me mantenía lo más alejada posible de Arthur. Aunque él me facilitaba las cosas, porque después de un intento fallido por hablarme otra vez, en el que yo logré escaparme poniéndome a hablar con Marcos, se puso a leer un libro en un rincón y no le prestó más atención al grupo. Estaba totalmente compenetrado en “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen, el libro que yo le había recomendado. Había creído que él era mi Mr. Darcy, pero terminó siendo un impostor como Mr Wickham. ¿Cómo había sido tan idiota de no ver la realidad? ¿Cómo había podido creer que los cuentos de hadas pueden volverse realidad? Las lágrimas amagaron a aparecer de nuevo, pero rápidamente las ahuyenté

-Dejala ir.

-¿Qué?

La voz de Matt me sacó de mis pensamientos.

-La tristeza que tenés escondida. Si no la dejás ir no vas a poder seguir adelante.

-Yo tengo ninguna tristeza escondida

Intenté que mi voz sonara lo más segura y despreocupada posible.

-Ok. Cuando tengas ganas de asumir lo que te pasa y necesites un abrazo, ya sabés dónde encontrarme princesa.

Su sonrisa no escondía ninguna doble intención. Estaba llena de comprensión.

Pero yo no estaba lista para aceptar su oferta. Al fin y al cabo, él también jugaba al caballero andante conmigo (y con otras), y la línea que separaba la amistad de algo más, siempre estaba borrosa bajo sus pies.

-No soy una princesa. Soy una persona real de carne y hueso. Las princesas no existen.

Sus ojos verdes se oscurecieron y su boca hizo una mueca de desaprobación.

Podría haberme quedado ahí, fingiendo que nada me afectaba, pero él tenía razón. La tristeza no me dejaba seguir. Así que mientras todos continuaban con sus conversaciones, me escabullí sigilosamente. Necesitaba recuperar fuerzas para la próxima batalla.

S.

Capítulo 9 – La razón

Había una razón para los muros, para mantener la distancia, para no sentir. Y esa razón se llamaba Yamila.

En los últimos meses había logrado olvidarme de lo que pasó. Había logrado armar mi fuerte contra el mundo exterior y había vivido tranquila. Nada me lastimaba, nadie llegaba a ser demasiado importante. Pero Arthur y Matt habían atravesado mis barreras y su presencia en mi vida había removido viejas heridas.Y ahora me encontraba de nuevo en mi habitación, llorando con una angustia que arrasaba con cada partícula de mi ser, naufragando entre viejos y nuevos dolores.

Yamila había sido la mejor amiga que había tenido. Era de esas personas con coraje, sin miedo a decir lo que pensaba, y con un mal humor recurrente que solo yo podía entender.

Nuestra amistad comenzó en 4° grado de primaria, cuando la conciencia sobre qué clase de persona querés ser empieza a aparecer. Yo veía que muchas nenas de mi edad no eran tan buenas como yo creía. Y una de las características más destacadas de mi personalidad, de esas que luego se afianzan con los años, ya se hacía notar: la imposibilidad de seguir a un líder en el que no creía. Así que en mi cortos años, ya sabía cuándo alejarme de la multitud. En ese momento apareció Yamila, con su actitud anarquista y rebelde, pero con una sinceridad tan profunda que yo no conocía hasta ese entonces.

Siempre creí que ella jugó un papel fundamental en mi crecimiento, y la definición de la persona quién quería ser. No sólo era mi mejor amiga, sino que veía el mundo de una forma tan distinta a la mía, que para mantener nuestra amistad, debíamos encontrar maneras de entender y aceptar nuestras opiniones. Teníamos que llegar a acuerdos y crear una tierra neutral donde pudiéramos convivir. Gracias a ella desarrollé grandes habilidades argumentativas y de negociación. Pero sobre todo aprendí a ser mejor persona.

Las diferencias entre nosotras eran infinitas, pero compartíamos los mismos valores y un cariño sincero. Para mí, hasta por lo menos su llegada, las amistades que había tenido estaban teñidas con pequeños destellos de envidia, de engaño, de superioridad. Y estaba segura que no era así como debían ser. Quería a mis amigas, pero sabía que nuestra relación no era como la de las películas. No estaba segura de que fueran incondicionales; y siempre tenía esa sensación de que era yo la que daba más, todo el tiempo, hasta quedarme con las manos vacías.

Con Yamila esto no sucedía. Como el yin y el yan, vivíamos en total equilibrio. Ninguna se sentía superior a los demás, y sólo había orgullo cuando la otra destacaba en algo. No peleábamos, debatíamos. Nos exprimíamos el cerebro para presentar nuestro punto de vista sobre algo, y al final terminábamos muertas de risa por todas las incoherencias que se nos habían ocurrido.

Yamila era flaca y alta, todo lo contrario a mí que era petiza y más parecida a una pelota que a un palo de escoba. Ella era un huracán y yo era un mar en calma. Era la persona más inteligente que había conocido, por más que sus notas en el colegio muchas veces no lo reflejaran. Sabía un montón de cosas, la clase de cosas importantes que no se enseñan en la clase de matemáticas. Desde que era chiquita había leído un montón de libros, y los tenía a todos anotados en una lista que llevaba siempre con ella. A mí me gustaba escucharla hablar sobre sus lecturas, tenía una devoción en los ojos cuando lo hacía que era contagiosa. Mi pasión por los libros empezó gracias a ella, y también mi amor por mi escritura.

Desde chiquita escribía cosas, pero la escasez de autoestima me había llevado a ocultar esta actividad de todos. Yamila fue la primera en leer algo que había escrito, y durante los años siguientes fue mi editora y mi fan número uno. A cambio, yo era su profesora de matemáticas, geografía, biología o cualquiera de las materias que estuviera a punto de reprobar. Eramos un equipo de lujo.

A los 12 años sentía por fin que tenía mi lugar en el colegio. Tenía la mejor amiga del mundo, había reafirmado ciertas amistades y había logrado eliminar las que eran tóxicas, era la mejor alumna de mi clase y mi lista personal de libros leídos crecía a la par de las cosas que escribía. Incluso me había dado cuenta de que uno de mis compañeros que siempre me había parecido un idiota, ahora me parecía más lindo de lo que me animaba a admitir. Me sentía la persona más afortunada del mundo. No sabía que esa sensación de felicidad duraría tan poco.

Al año siguiente, cuando empezamos el secundario, las cosas se complicaron un poco. Las notas de Yamila iban de mal en peor, lo que le había traído problemas con su mamá. No tenían la mejor relación, y sus papás estaban separados. La convivencia había sido tolerable hasta ese momento, pero la adolescencia estaba teniendo cada vez más presencia, y las peleas entre ellas iban en aumento. Yamila amaba a su mamá, pero las dos tenían un carácter fuerte que las hacía chocar hasta por la más mínima diferencia. La única razón por la cual mi amiga no se iba a vivir con su papá, era porque él vivía en un pueblo en el interior de la provincia, que estaba a cientos de kilómetros de su vida, de su colegio, de sus amigos, de absolutamente todo.

Yamila estaba cada vez más estresada y triste. Su mal humor contra el mundo llegaba incluso hasta mí algunas veces. No peleábamos, pero había momentos en que se encerraba tanto en su oscuridad que me era imposible rescatarla.

Y un día llegó la noticia. Después de una pelea épica con su mamá, la decisión fue tomada. El futuro de mi mejor amiga transcurriría a cientos de kilómetros de distancia, y no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Su elección me llegó como un golpe seco en el estómago que me dejó sin aire. Nunca antes me había sentido tan perdida, y el miedo a la pérdida y a su ausencia se manifestó a gritos. Si siempre había sido la persona más racional del planeta, en ese momento no podía haber persona más opuesta. Sentía el dolor y la rabia apoderándose de cada una de mis palabras, y transformándolas en dagas que iban dirigidas a una de las personas que más quería. Su partida era como una traición, un abandono, una catástrofe.

¿Cómo sería mi vida sin ella? ¿Cómo podría seguir siendo yo, si mejor amiga ya no sería parte de mis días? ¿Cómo lograría seguir adelante si la única persona que creía en mí estaría tan lejos? Nuestra amistad había trazado caminos tan concretos, que ante la posibilidad de perderla sentía como si hubieran quitado de repente el suelo bajo mis pies. Mi mundo se desmoronaba y yo no era capaz de hacer absolutamente nada, sólo hundirme con él.

Los trámites del traslado no demoraron demasiado. Aprendí que cuando los adultos quieren sacarse un problema de encima, pueden hacer las cosas con rapidez.Era chica y aún no tenía en claro qué significaba la palabra “consecuencias”. Así que mi enojo y mi silencio dominaron los últimos días que compartiría con ella.

Aún recuerdo el último día que vi a Yamila, paradas a dos metros de distancia mientras todos nuestros compañeros, esos que rara vez le habían hablado, le repetían una y otra vez cuánto la iban a extrañar. Sentía que me estaban robando las palabras, que una vez que ellos las pronunciaban yo era incapaz de usarlas. Entonces ahí estaba, completamente muda y con la lista de libros de Yamila, que me había dejado en la mochila sin que yo me hubiera dado cuenta, aferrada en la mano. Y cuando no pude resistir más ver esa escena que encerraba tanta distancia, me dí media vuelta y me fui sin despedirme, con una tonelada de palabras atravesada en la garganta. Durante todo el camino a casa me imaginé una y otra vez cómo me hubiera gustado que sea esa última conversación. Agregaba y sacaba frases para obtener el discurso perfecto que nos salvara de ese naufragio.

Esa conversación jamás llegó. Días más tarde me enteré de que Yamila había tenido un accidente. Y yo aprendí de golpe lo mucho que pesan las consecuencias de nuestras decisiones, y lo mucho que pueden llegar a doler. El dolor fue tan grande que durante días me sentí la persona más desagradable del mundo. Sentía que le había fallado a la única persona que jamás me había fallado a mí.

Con el tiempo las cosas se fueron acomodando, eso es lo malo de la vida, no importa que tan grande sea una tragedia, el mundo continúa girando igual. De a poco logré ponerme en pie y volver a la rutina. Pero la cicatriz estaba lejos de curarse, así que hice lo único que podía para salir adelante, cubrirme de muros y corazas para que no doliera tanto, y para que nada ni nadie volviera a causar un sufrimiento semejante.

No había vuelto a derrumbarme así desde aquel episodio. Principalmente porque creía que nada merecía la pena ponerse en semejante estado, pero también porque me había vuelto tan inmune al mundo que ya ningún sentimiento, bueno o malo, lograba atravesarme el corazón.

Pero ahí estaba de nuevo, acurrucada entre mis almohadas y llorando como si el mundo fuera a acabarse en un segundo. Me sentía débil e idiota. Y me torturaba pensar que estaba así por un chico (o por dos). ¿Cómo podía volver a llorar así por algo tan superficial? Sin embargo, la puerta había sido abierta y ahora todas las lágrimas que habían quedado atrapadas por tanto tiempo, corrían libres sin intención de detenerse. Sólo el ruido del celular interrumpía intermitentemente mis sollozos. Al parecer, Arthur y Matt se batían en una batalla invisible por comunicarse conmigo, pero hablar con ellos era lo último que quería hacer.

S.